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El falso Rockefeller: conquistó a la alta sociedad estadounidense, hasta que secuestró a su hija y lo vincularon con un asesinato

Lifestyle 2026-09-24 06:00:08

Christian Karl Gerhartsreiter nació en Alemania y se mudó a Estados Unidos a los 17 años; tomó varias personalidades, hasta que adoptó el nombre de Clark Rockefeller; en 1985, había asesinado a un joven en Los Ángeles

Clark había sido, hasta el momento, un buen padre. Nacido y criado en una familia de renombre, plata y poder, tenía todo para ofrecerle a su hija, al menos en lo material. Pero ahora debían encontrarse en compañía de un trabajador social: acababa de divorciarse de Sandra Boss, madre de la niña de siete años, que se había quedado con la tenencia de la menor, a quien llamaban Snooks.

Clark tenía derecho a solo tres visitas al año, todas supervisadas. Sandra, además, planeaba mudarse pronto con ella a Londres. Y él no iba a quedarse de brazos cruzados: un domingo de 2008, durante uno de esos encuentros, distrajo a la supervisora señalando un edificio y, cuando ella giró, la empujó al suelo, alzó a Snooks y la metió en una camioneta negra que frenó cerca de ellos. El conductor aceleró.

Christian Karl Gerhartsreiter nació en Bergen, Alemania, y a los 17 años se fue a vivir a Estados Unidos en busca de fama y fortuna

Las fuerzas de seguridad se pusieron en alerta. Buscaban a la menor, rubia, de ojos celestes, y a su padre, Clark Rockefeller. La pesquisa duró casi seis días: era imposible rastrearlo e igual de imposible encontrarlo. Hasta que dieron con el problema: el hombre al que buscaban no existía. Clark Rockefeller jamás había existido.

“Quería vivir en un país grande y quizá hacerse famoso”

Sobre sus primeros años se podrían contar varias versiones. En una, el padre de Clark había sido un aristócrata vinculado a Mercedes Benz. Después hubo giros, vueltas, reinvenciones: en otra, sus padres habían muerto en un accidente de auto cuando él tenía 16, justo antes de ingresar a Harvard. Su madre, según dijo, era Ann Carter, una niña actriz activa entre 1941 y 1952. Decía recordar poco, casi nada, de su infancia, apenas una niñera escocesa, un viaje al monte Rushmore.

Según una de sus versiones, sus padres habían muerto cuando él tenía 16, y su madre era la actriz Ann Carter

La versión real saldría a la luz a sus 47 años: Clark era, en verdad, Christian Karl Gerhartsreiter, nacido y criado en Bergen, un pueblo turístico al pie de los Alpes bávaros, cerca de la frontera con Austria. De familia humilde (padre pintor de casas y artista amateur, madre costurera), tenía un hermano menor, Alexander, que habló con el Boston Globe: “Creo que Alemania era demasiado pequeña para él. Quería vivir en un país grande y quizá hacerse famoso. Ahora que veo todo esto, es realmente famoso”.

“Lo echamos a la calle”

En 1978, a los 17 años, decidió abandonar Alemania en busca de fama y fortuna. En un viaje en tren conoció a una familia estadounidense, los Meriden, que lo invitaron a visitarlos. Les hizo caso: un día se presentó en su casa sin avisar, se quedó un tiempo y después puso un anuncio para buscar otro alojamiento. Así dio con los Savio, que lo recibieron creyendo que era un estudiante de intercambio. Por entonces se hacía llamar Christopher Gerharts Reiter y practicaba sin parar su inglés, decidido a volverse, de a poco, un local.

Dormía en el sillón de los Savio y había entrado en confianza: esperaba el desayuno servido y la ropa lavada. Lo soportaron hasta que, una tarde, se negó a levantarse a abrirle la puerta a la hija menor de los dueños de casa. “Lo echamos a la calle”, contó Edward Savio.

En Estados Unidos se casó con una joven que apenas conocía para obtener la ciudadanía, y lo consiguió

Se mudó y entró a la Universidad de Wisconsin. Mantenía el contacto con aquella familia, los llamaba. Un día les contó que estaba estudiando cine, y que quería votar a Reagan en 1980. “¡Pero si no sos ciudadano estadounidense!”, le respondieron. Para él no era un problema, tenía planes: iba a casarse y obtendría la residenca. Lo hizo y se divorció al poco tiempo. Había conseguido lo que quería. Para entonces ya dominaba el idioma y pasaba por un estadounidense más. Se empezó a presentar como Christopher Chichester, se mudó a Los Ángeles.

Un pueblo rendido a sus pies

En esa ciudad, las interpretaciones, los personajes de su vida, se sucedieron. Se asentó en San Marino, una de las ciudades más caras del país, asistía a los clubes de la alta sociedad, a las iglesias y las bibliotecas. Escoltaba a viudas herederas y disfrutaba de sus mansiones. Decía ser descendiente directo de Lord Mountbatten, último virrey de la India.

Se hizo pasar por Christopher Chinchester, descendiente de Lord Mountbatten, se alojó con los Sohun, y después se descubrió que había asesinado a uno de ellos

Un peluquero del lugar, Jann Eldnor, contó a Vanity Fair: “Decía que pertenecía a la realeza de Inglaterra. Aunque solo tenía veintitantos años, actuaba como si tuviera 40. Cada vez que conocía a una dama, le tomaba la mano y se la besaba”.

A otros les decía que era descendiente de Sir Francis Chichester, el navegante que dio la vuelta al mundo en el velero Gipsy Moth. Una vecina le dijo a aquella revista: “Un día me trajo un diario de una comunidad vecina, no de San Marino. El titular trataba por completo sobre Sir Francis Chichester, e incluía una foto de él y del Gipsy Moth, y la nota mencionaba que el joven Christopher Chichester, increíblemente, ¡estaba viviendo en nuestra zona!”. Muchos, demasiados, le creían esas“credenciales”.

Se hizo socio del Club Rotary, la élite del pueblo lo aceptó entre ellos, habían caído rendidos a sus pies. Le dieron un programa de televisión en un canal de acceso público, con poco rating, pero mediante el cual lograba entrevistar a “los personajes más ilustres de San Marino”. Su fama, efectivamente, crecía.

Cuando se alojó con Ruth Sohus no pagaba renta y manejaba la casa y la plata de la mujer

El personaje más grandioso

Después se mudó con Ruth Sohus, una mujer adinerada que vivía sola en una gran propiedad. Chichester no pagaba nada: se había ganado su confianza haciéndole compañía y mandados. Controlaba la propiedad y sus asuntos personales.

Pero un día de 1983 se mudaron el hijo de Ruth, John, y su esposa Linda, lo que dificultó ese control sobre la anciana y sus pertenencias. Entonces elaboró y llevó a cabo un plan: en febrero de 1985, John y Linda anunciaron a sus conocidos que les habían ofrecido un trabajo en un programa gubernamental de satélites en Nueva York. Ruth creía que había sido gracias a su inquilino, una persona influyente.

Al poco tiempo de que desapareció el hijo de Ruth, también se esfumó del estado el propio Chichester

Se fueron y pasaron meses sin comunicarse. Fue entonces que la hermana de Linda llamó preocupada, pero Ruth la tranquilizó: le dijo que la pareja se encontraba en una “misión secreta” y que no podía revelar más detalles para no arriesgar sus empleos. Sabía poco, las noticias que había recibido en abril a través de un par de postales con sello de Francia. Pero después dejaron de llegar cartas, y, a la vez, Chichester se esfumó. Ahora sí, Ruth se preocupó. Fue a la policía y reportó la desaparición de su hijo y su nuera, y señaló a “Christopher Chichester” como el único que sabía cómo contactarlos.

En 1994, cuando los nuevos dueños de la casa quisieron construir una pileta. Con las excavaciones aparecieron los huesos, una camisa y un par de jeans. Así vestía John. Linda nunca apareció. Fue entonces que las autoridades descubrieron que Chichester era Gerhartsreiter, pero ya no lo pudieron encontrar: había robado la camioneta de la pareja y se había ido a Connecticut.

Ahora se llamaba Christopher Crowe, era productor de cine con créditos en remakes de Hitchcock. La mentira le funcionó un rato: realmente aparecía ese nombre al final de las películas. Intentó vender la camioneta, mientras la policía lo seguía de cerca. De hecho, la encontraron. Cuando le mostraron la foto al comprador, lo reconoció. Entonces pudieron rastrearlo otra vez: se había ido a Nueva York.

En Nueva York se hizo pasar por Christopher Crowe, productor de cine que figuraba en créditos de remakes de Hitchcock (Foto: Getty Images)

Entró, con el mismo nombre de Crowe, en una importante compañía, pero tuvo que escapar de nuevo cuando alguien verificó su número de seguro social y los datos arrojaron otro nombre: el de David Berkowitz, un asesino serial conocido como “el hijo de Sam”.

Desapareció. Qué hizo entre ese momento y el siguiente, no se sabe, pero reapareció más tarde interpretando el que sería su personaje más icónico y grandioso: Clark Rockefeller.

Encantador, ocurrente y refinado

Para 1992 vivía en Manhattan y no le costó colarse en las altas esferas: “Daba a entender que pertenecía a la rama de Percy Rockefeller dentro del clan: no ultra rico como John D., pero sí podridísimo en plata”, recordó un amigo. Andaba con una radio que, explicaba, lo conectaba con una central de seguridad, usaba la excusa de la seguridad para no responder preguntas sobre su pasado. Decía que trabajaba en “resolver la deuda del Tercer Mundo” y colgaba en su casa cuadros de Pollock, Mondrian y Rothko que aseguraba haber heredado de su tía abuela Blanchette, benefactora del MoMA.

Sandra Boss conoció a Clark Rockefeller cuando él organizó una fiesta temática, se enamoraron y casaron enseguida (Foto: Getty Images)

En la iglesia de San Tomás conoció a Sandra Boss, egresada de Stanford con maestría en Harvard, en una fiesta temática que él mismo organizó. Ella quedó fascinada, sus amigos contaron que les hablaba de él: “Conocía las obras de los oscuros novelistas del siglo XX que a ella le encantaban y hablaba varios idiomas con fluidez [...]. Era encantador, ocurrente y refinado, y en su momento había sido rico, antes de que la fortuna de su difunto padre quedara en la nada por un juicio”.

Se casaron con una ceremonia cuáquera, sin licencia ni certificado real, solo con la familia de ella presente: él justificó la ausencia de otros Rockefeller con imprevistos de último momento. Ahí dio, además, la versión de sus padres muertos cuando él era joven. Sandra creía que iba a mandar los documentos al juzgado, pero claro, no podía hacerlo, no podía tener ningún papel legal.

El Daily News hablaba de el Rockefeller

Mientras tanto, su círculo neoyorquino crecía, entusiasmado con acercarse a un Rockefeller. Nadie sabía, ni su propia esposa, que no aportaba plata al patrimonio familiar: todo era gracias al trabajo de Sandra. Un día del año 2000, tras un incidente con la policía en Central Park, que había recibido una queja de una vecina y lo fue a buscar a su departamento, propuso: “Nos mudamos a New Hampshire”. Su esposa estaba embarazada.

“No pudieron decirme con quién estaba casada”

Allá se presentaba como científico, dueño de Jet Propulsion, una compañía de motores a reacción. El 23 de mayo de 2001 nació Reigh Storrow Mills Rockefeller, Snooks, aunque él insistía en que usara el apellido Boss “para evitar una discriminación a la inversa”. “La única cosa real en su vida era su hija y el amor que sentía por ella. Todo lo demás fue una farsa”, declaró después un jefe policial de Boston.

En 2001 Sandra y Clark tuvieron una hija, pero al divorciarse acordaron para que ella se quedara con la tenencia legal de la niña (Foto: Getty Images)

Sandra, mientras tanto, veía a su esposo cada vez más reservado y demandante: manejaba las finanzas, instalaba varias líneas telefónicas, insistía en mudanzas frecuentes y discrepaba con ella sobre cómo criar a Snooks, sin disciplina ni límites. Harta, durante un viaje de trabajo le mandó los papeles del divorcio. Sin los ingresos de Sandra, Clark tuvo que vender autos y su colección de arte: “Me dijo: ‘Sandy solo quería mi plata. Se casó conmigo porque soy un Rockefeller y ahora se quiere quedar con todo’”, contó un comerciante de arte.

El quiebre llegó cuando el padre de Sandra buscó en Wikipedia a la madre fallecida de Clark y descubrió que Ann Carter estaba viva. Entonces, Sandra contrató a un investigador privado para averiguar más sobre él: “No pudieron hacerlo. No pudieron decirme con quién estaba casada”, recuperó más tarde Los Angeles Times de su declaración en el juicio.

Los carteles de búsqueda del FBI que mostraban a Clark Rockefeller como Christian Karl Gerhartsreiter (Foto: Getty Images)

Así obtuvo la custodia legal de Snooks y autorización para mudarse con ella a Londres, donde siguen viviendo hoy. A Clark le habilitaron tres visitas anuales supervisadas, y firmó con su ex un acuerdo para quedarse con 800.000 dólares a cambio y algunos bienes. Un abogado, conocido suyo, resumió: “Creo que agarró la plata y después se arrepintió. Me parece que en el momento en que aceptó ese dinero empezó a planear cómo recuperar a su hija”.

Fan de Hitchcock y del cine negro

Recuperarla implicó secuestrarla, como se contó al principio. El 27 de julio de 2008, el FBI recibió el aviso sobre un Rockefeller que vivía en Boston y se había llevado a su hija. Había contratado a un chofer al que le hizo creer que lo llevaría a almorzar con el hijo de un senador, y le advirtió que un “amigo molesto” intentaría subirse al auto. Después se mudó a Baltimore, Maryland, donde adoptó una nueva identidad, Chip Smith, capitán de un barco que viajaba con su hija Muffy.

En 2008, Clark secuestró a su hija, Snooks, y el FBI los buscó por seis días hasta que dieron con él gracias a una agente de bienes raíces

Cinco días después, una agente inmobiliaria que lo conoció cuando le compró una propiedad reconoció su foto en las noticias y avisó a la policía. El FBI llegó al lugar y vigiló la casa, confirmó que la niña estaba a salvo adentro y, al enterarse de que tenía un barco amarrado cerca, hizo que el gerente del puerto le avisara que se estaba hundiendo para engañarlo y que saliera a la calle, donde lo esperaban. Veinte agentes lo redujeron y lo arrestaron mientras otros rescataban a Snooks.

La investigación encontró de nuevo que no tenía número de seguro social ni documentos a su nombre. Lo identificaron gracias a las huellas dactilares que lograron recuperar de una copa de vino usada en la casa de un amigo, lo que permitió conectarlo con sus identidades anteriores y con los restos hallados en el patio de los Sohus.

Fue condenado a entre cuatro y cinco años de prisión por el secuestro de Snooks y, más tarde, a otros 27 por el asesinato de John Sohus (Foto: Getty Images)

El juicio por secuestro fue en 2009: lo condenaron a entre cuatro y cinco años de prisión, pese a que la defensa alegó delirios y trastornos mentales. Mientras tanto, siguieron buscando pruebas sobre el asesinato, y a principios de 2013 fue juzgado por el asesinato de John Sohus. Los fiscales lo acusaron de haberlo matado en 1985 para seguir manipulando a su madre. Él se declaró inocente, se presentó como “pacifista y cuáquero”, incapaz de ese tipo de violencia, y culpó a Linda, la esposa desaparecida de John, cuyo paradero sigue siendo un misterio. El jurado lo declaró culpable de asesinato en primer grado: 27 años de prisión.

En los alegatos finales, el fiscal Habib Balian dijo: “Se salió con la suya durante 28 años. Cree que es más inteligente que todos los demás... Cree que todos son estúpidos”. Walter Kirn, que había sido su amigo, lo definió así: “No creo que le interesara el asesinato en sí, sino salirse con la suya. Era fan de Hitchcock y del cine negro [...]. Muchas de las películas que vio tienen una trama en la que alguien que se cree muy inteligente comete el crimen perfecto”.

Durante 28 años pareció haberlo logrado.

Al final, no fue más inteligente que el resto.



Fuente: LA NACION (extraído usando lector RSS).



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